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Homenaje a un fiel compañero de aventuras: El Rayo Blanco

El Rayo Blanco en North Carolina

El Rayo Blanco en North Carolina

El año pasado, nos trajo de Nueva York a México, sin chistar y cargado de cosas. El único inconveniente mecánico fue un reventón en plena autopista I-10.

Nos llevó del D.F. a la costa del Pacífico varias veces, por las sinuosas rutas de montaña, los retenes militares, los caminos de tierra, los lomos de burro (Arg. topes) y los burros de verdad, las autopistas carísimas y las rutas libres.

Nos llevó a destinos turísticos cerca de la ciudad a pasar el día o el fin de semana. En la parte trasera, la carpa, la bolsa de dormir, la sombrilla, la cámara de fotos, alguna frazada.

El Rayo Blanco, como lo bautizamos irónicamente el año pasado antes del viaje NY·DF, fue un auto fiel, cumplidor, aguantador. Uno de esos coches que te convierten en seguidor de una marca; en este caso, Subaru.

El Rayo en Georgia.

El Rayo en Georgia.

Tranquilo. Nunca se calentó, ni cuando estaba dos horas en el tráfico del D.F.ctuoso para hacer un trayecto que demandaría 20 minutos en condiciones normales. Será porque es del 1992 y con la edad viene la calma.

Ahorrador. Rendía un montón de millas/kilómetros por galón/litro.

Fachero. Con su placa de Nueva York y su parecido a las naves de Star Wars, salía bien en todas las fotos.

El Rayo y el Mississippi

El Rayo y el Mississippi

El 11 de febrero se le vencía la visa por seis meses que tenía para estar en México, desde que ingresó al final de aquel viaje épico. El viernes pasado, urgidos por esa fecha, decidimos llevarlo a Texas y cambiarlo por otro vehículo. Una vez más, a pesar de los neumáticos gastados, del ruido al doblar a la izquierda, de lo que le costaban las subidas en la ruta si no venía embalado, cumplió con su cometido. En su última misión, nos llevó de un lote de autos usados a otro, mientras buscábamos y elegíamos a su sucesora. Sigue leyendo

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No se salva nadie

La elefanta Hildra, muerta en el tráfico.

La elefanta Hildra, muerta en el tráfico.

En el tráfico de México, no se salva nadie.

La elefanta Hildra se escapó del circo y chocó con un colectivo.

Murió el conductor y murió Hildra.

…Otra que “Hombre mordió a perro”.

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me chocaron

Es sabido que aquí en el D.F., todo el mundo tiene auto y sin auto, no existís.

Esto deviene en la más absoluta falta de respeto por los pobres peatones como myself, que insisto en caminar todo lo posible, sobre todo todas las mañanas al laburo. Para decirlo en mexicano, les vale madre si estás cruzando, querés cruzar, o lo que sea. Primero está el auto.

La consecuencia de esto es que he desarrollado rápidamente una sana paranoia cuando camino por la vía pública. No puedo dejar de mirar dos veces antes de cruzar una calle y volver a mirar mientras lo estoy haciendo, con nerviosos giros del cuello y los músculos listos para poner pies en polvorosa.

Ayer, totalmente relajado, diarios del domingo en mano, iba cruzando una intersección particularmente ancha, pensando en quién sabe qué. (Para aquel que conozca el D.F., era enfrente del restaurante argentino La Biela. Para aquel que no conozca, sí, La Biela). Le iba pasando por atrás a un auto grande, parado en doble fila, a punto de alcanzar la tierra prometida de la vereda (acá, “banqueta”).

Con mi cadera a centímetros de la cola del auto, éste arrancó para atrás. Lo hizo sin previo aviso, obviamente, y sin que yo alcanzara a ver las luces de marcha atrás (acá, reversa), algo en lo que siempre me fijo en cruces como éste.

Y me pegó.

Por suerte, estaba tan cerca que no pasó nada. El auto me empujó, más que chocarme. Pero me agarró tan de sorpresa que me dio una bronca inmensa. Tomé la voluminosa pila de periódicos y revistas que traía con las dos manos y los azoté con toda mi fuerza sobre el baúl (acá, cajuela), como si fuera uno de los hermanos Macana.

¡BAM!

Solté una puteada -que no vamos a reproducir en este blog familiero- y caminé hacia la ventanilla del acompañante.

Manejaba una señora muy arreglada (y muy b***, hubiera querido decir yo en la calentura del momento), que no sabía cómo disculparse, más que -obviamente- decir repetidamente: “Perdóname, perdóname…”

Yo tenía tanta bronca que hice lo mejor que pude hacer. Abrí los brazos con las palmas hacia arriba, en el gesto universal de Whaddafuck!, me quedé callado, me di la vuelta y seguí mi camino.

Dentro de mi cuello, por varias cuadras, una vena furiosa siguió latiendo.

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