Es como si una fuerza superior decidiera, primero, mandarnos una epidemia que nos tenga a todos asustados y encerrados en casa.
Y, después, como si fuéramos ratones en una jaulita, se pone a sacudirnos para divertirse al ver cómo salimos corriendo a la calle, a amontonarnos –serios como perro en bote– en la plazoleta más cercana.

Estaba yo sentado en el sofá, laptop en lap, preguntándome si la garganta apenas rasposa que sentía tendría alguna relación con un cerdo euroasiático, cuando sentí que me mareaba fuerte.
Claro que nadie se marea sentado, ¿no?
Cuando levanté la vista, vi cómo las lámparas que cuelgan del techo oscilaban, frenéticas, de un lado a otro. No tuve tiempo de darme cuenta, pero la conferencia de prensa sobre la influenza que estaba mirando por la tele se interrumpió mientras un funcionario admitía: “Sí, está temblando”, después de decir primero que era un edificio vecino en demolición. (Los funcionarios de Calderón no quieren admitir que nada está mal. No hay nada para ver, sigan su camino).
Lo que tuve tiempo de hacer fue cerrar la computadora, pararme y salir del departamento. En el último segundo antes de cerrar la puerta, reaccioné y agarré las llaves. Lo único que pensaba era que siete pisos me separaban de la nunca tan querida Pachamama.
Bajé saltando de a dos y tres escalones –por suerte, el temblor me encontró vestido y calzado, eran las 12 menos cuarto–. La sensación de mareo no se iba. Varios vecinos estaban parados en los portales de entrada a sus departamentos, como se recomienda. Yo ya no pensaba parar, pero en el cuarto llegué a preguntarle a una vecina si bajaba. “No”, dijo. Y seguí para abajo.
Llegué a la vereda después de lo que pareció una eternidad. Afuera estaba lleno de gente. Las plazoletas de la avenida que pasa por la esquina estaban colmadas de oficinistas. Todos mirábamos para arriba, pero no había nada que ver.
La mañana estaba soleada y bastante gente andaba por la calle. Es que era como un feriado por enfermedad: a muchos les dijeron que no fueran a trabajar. Claro que tampoco daba para tomarse un cafecito, ya que algunos cafés están cerrados y los otros no muy llenos. Es difícil tomarse un espresso a través del cubreboca.
En el super, se habían acabado los barbijos, el gel antiséptico y el té negro.
Al final, después de leer el diario en la plazoleta de la esquina, volví a casa, esperando a cada instante sentir un remezón del temblor de 5.7 que tuvo epicentro a unos 200 kms. de acá. Hasta ahora, nada.
Mañana –cuando toca que lluevan ranas– les cuento.
6 comentarios
Abril 27, 2009 a las 7:49 pm
Diego, hoy uno de mis compañeros de la oficina de México me contaba el chiste del día:
“¿Qué le dijo México a la influenza?
Mira como tiemblo!”
Humor mexicano a prueba de catástrofes.
Abril 27, 2009 a las 8:42 pm
Aguante , Diego !! Muy bueno el informe…. lástima que sea verdad, no? Bueno , al menos mañana está pronto con un tenedor por si caen las ranas, jeje.. Besote.. te sigo desde Hdez.
Abril 27, 2009 a las 11:25 pm
Al menos esta vez estabas despierto
Abril 28, 2009 a las 12:51 am
este post me hizo recordar a la plaga de alberto camus. también me hizo recordar a cuando te conocí por primero, en el zonte–es decir, cuando te enfermaste y pasaste unos tres o cuatro días en tu cuarto en aquel rancho “costa azul.” ya que me habia enfermado igualmente mal unas semanas antes, pensaba que eso fue parte essencial del turismo latinoamericano, y que te ibas a mejorar prontísimo.
un abrazo!
Abril 28, 2009 a las 8:37 am
Hola, gracias a todos por el apoyo. Martes 8.30 am y seguimos vivos y sin novedad :-p
Daniel, gracias por el recuerdo de que he pasado por cosas peores. Qué días, aquellos de El Zonte.
Ayer Germán Dehesa, columnista del diario Reforma, decía lo siguiente:
Seguiremos informando.
Abril 28, 2009 a las 3:29 pm
Algo habrán hecho.
(Cuac.)
Buenísimo el texto. Te comparto el testimonio que acabo de tomarle a una amiguita de Bahía que vive en el DF: http://www.lanueva.com/hoy/nota/78ba3a0985/1/27584.html
Se viene posteo swinesco en mi blog…